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domingo, 27 de noviembre de 2011

Prólogo: Sho

Muchachito


– Buenos días, señorito.
Sho abrió los ojos con lentitud y observó con sueño a su sirvienta. Se incorporó y rápidamente la chica se acercó.
- ¿Ha dormido bien, señorito? – Añadió la muchacha. Sho se levantó y se calzó las zapatillas.- Como siempre, el señor y la señora les están esperando para que desayune con ellos.
- Está bien – dijo el chico, cortándola – Si no te importa, tengo que cambiarme.
- ¡Oh! ¡P-por supuesto, señor! – Dijo avergonzada la sirvienta. Hizo una leve reverencia y salió de la estancia.
- ¡Tsk! Plebeyos... –Añadió malhumorado. 

Se dirigió a su armario y lo abrió, pensando en qué ponerse. Se decantó por una camisa blanca y un chaleco. Se los puso rápidamente y cogió los pantalones oscuros, poniéndoselos con rapidez. Se calzó y se dirigió al baño, donde cogió el peine y se peinó un poco, mientras observaba su rostro moreno, en busca de alguna imperfección. Al acabar, dejó el peine cuidadosamente y salió de su baño, bajando las grandes escaleras hasta llegar a la recepción, giró a la izquierda y entró en el lujoso comedor, decorado con objetos de valor incalculable.

- Buenos días – Saludó Sho mientras se sentaba en la silla. Rápidamente una criada vino y le sirvió su desayuno: un café caliente acompañado de un zumo de naranja y un par de tostadas perfectamente untadas con mermelada de fresa. 
- Buenos días, hijo – Respondió Arlene. Llevaba su pelo negro recogido en un gran moño y, sus ojos azules le observaban. Su padre, con una mirada neutra, estaba leyendo el periódico de la mañana. – Qué tal has dormido?
- Bien, madre – Dijo mientras empezaba a beber el café.
- Recuerda que hoy tienes entrenamiento – Le recordó su madre.
- ¡¿Entrenamiento?! ¡¿Otra vez?! – La mujer bebió de su taza, sin inmutarse – ¡Estoy harto de entrenar siempre! ¡¿De qué me va a servir el luchar con espada una y otra vez?! – Preguntó enfadado.
- Es parte de tu educación – Dijo tranquilamente la mujer, sin inmutarse. Chasqueó los dedos y rápidamente una sirvienta le recogió los platos. – Hasta que no seas mayor de edad, seguirás obedeciéndome.
- ¡Pero madre...! – Replicó ofendido – ¡Padre, dile algo!. – Le miró con una mirada suplicante.
- Tu madre tiene razón – Susurró Danz, su padre – Hazle caso – Añadió mientras seguía con la mirada puesta en el periódico. Sho, ofendido, miró a su madre, que le dirigía una mirada de superioridad. Enfadado, se levantó rápidamente y salió del salón, pudo oír algún que otro criado llamándole para que se quedara, pero él, ofendido, salió rápidamente de esa casa y se puso a andar, se metió las manos en los bolsillos y, enfadado, pateó alguna que otra piedra. 

Andando, llegó al centro de la ciudad. Observó cómo la plaza mayor estaba llena de gente, moviéndose de un lado hacia otro. Escuchó gente gritando, dando órdenes, otros anunciando cosas, niños riendo, un sinfín de conversaciones. Estaba algo parado al ver la plaza mayor más llena de lo normal. Observó a todos y cada uno de los ciudadanos, hasta que algo le sorprendió. Se dirigió hasta un hombre bastante gordo, vestido con un traje verde.

- Buenos días, señor – Saludó Sho.
- ¡Oh! ¡Buenos días muchacho! – Respondió alegramente pero con un tono grave mientras se arreglaba su bigote. Sho hizo una mueca al oír la palabra “muchacho”.
- ¿Sabe qué es lo que pasa? – Le preguntó Sho, yendo al grano.
- ¿Eh? ¿Acaso no te has enterado? Pero si hoy és la feria de los fuegos caídos – Exclamó el señor. – ¿Cómo pudiste olvidar esto, muchachito?.
- Haha, ya sabe señor Ron, quizás sea que tengo demasiadas cosas en la cabeza – Dijo falsamente. El hombre echó una risotada fuerte y profundamente.
- Ains, la juventud de hoy… ¡Si esque no paráis quietos! Bueno Sho, tengo que dejarte, tengo que revisar a mis hombres, que no quiero que monten nada mal.
- Por supuesto, señor, le dejo.
- Nos vemos esta noche entonces, ¡que vaya bien! – Se despidió Ron. Sho se despidió y se fue a andar. Cómo odiaba ese hombre… odiaba que le llamase “muchacho” o “muchachito”, ¡él era ya casi todo un hombre!. Pero, por fuerza, tenía que llevarse bien con él, era uno de los señores más importantes de Marlenia, así que tenía que tener una excelente relación con Ron. 

Siguió andando por las calles más importantes de la ciudad. Marlenia bullía de actividad, había muchísima más gente de la normal, moviéndose arriba y abajo. Se preguntó cómo había podido olvidar la fiesta, ya que su madre no había parado de mencionar una y otra vez ese tema. Sho se paró en seco. Su madre… Rápidamente dio media vuelta y se dirigió a su casa, esquivando a los ciudadanos que paseaban. Llegó hasta su hogar, abrió la puerta y pudo observar cómo Arlene hablaba con su profesor de lucha. Los dos callaron. El hombre hizo una reverencia a la señora y a su hijo y marchó silenciosamente. Los dos familiares se miraron fijamente.

- Lo siento, madre… - Dijo Sho mientras hacía una reverencia. Arlene lo miró fijamente.
- Sube a tu cuarto, hijo, y prepárate para la fiesta.
- Sí, madre… - Obedeció el chico mientras subía las escaleras.
- Te quiero... – Murmuró. Sho no pudo evitar sonreír y se encerró en su cuarto, feliz de haberse reconciliado con ella.

Prólogo: Stella

Familia

Después de casi un año viviendo por su cuenta, y conociéndose como se conocía, Stella tendría que haber aprendido algunas cosas sobre sí misma de gran ayuda. Cosas que le sirviesen para facilitarle la independencia, más que nada. Como por ejemplo, que no le gustaba despertarse con los primeros rayos del sol de la mañana.

Lo primero que hizo nada más retomar la conciencia y visualizar a través de los párpados, aún caídos, la deslumbrante luz que iluminaba toda la habitación, fue gruñir. Luego, tanteó los dedos hacia la cortina, con la intención de cerrarla (algo que tendría que haber hecho la noche anterior), para después darse la vuelta y continuar durmiendo. Quizá lo hubiera conseguido, tras numerosos intentos frustrados, si Leander no hubiese entrado en su cuarto en aquel preciso momento, trayendo consigo el dulce aroma de los deliciosos bollos recién comprados en la panadería.

—Buenos días, dormilona —bromeó, al igual que cada mañana.

Como única respuesta, Stella volvió a gruñir.

Leander, acostumbrado al mal despertar de su hermanastra, se encogió de hombros y se sentó en la desordenada mesa para comerse el desayuno. Era un joven apuesto, vigoroso y muy trabajador. Pero también excesivamente dependiente. A pesar de vivir frente a la casa de Stella, iba a recogerla cada mañana para ir juntos al trabajo. El cual, por cierto, no era el mismo por un pequeño tecnicismo.

Finalmente, Stella se levantó despacio y fue directamente a mirarse al espejo. El pelo rubio le caía como una enredadera por los hombros y los ojos carmesíes, habitualmente extraños, debían de resultar terroríficos para la doble del espejo, a la que le dirigía (y quien le devolvía) una mirada de odio por todo el estropicio causado por la noche sobre el cabello.

—¿Te importa que apueste por la ganadora? —saltó de pronto Leander, engullendo el bollo—. Yo diría que la del espejo tiene pinta de ser más peligrosa.
—¿Quieres averiguarlo en tus propias carnes? —preguntó Stella, al mismo tiempo que enarcaba una ceja.
—No, gracias, sino mi yo del espejo lo pasará peor con esa Stella —bromeó, antes de añadir, mientras seguía zampando—. Por cierto, vamos a llegar tarde.

Stella suspiró. Aún así, le hizo caso. Se desvistió y se puso el uniforme de camarera. Aunque les permitían cambiarse en el trabajo, prefería salir arreglada de casa, ya que no le avergonzaba en absoluto caminar por la calle con esa vestimenta. Y Leander ya se había acostumbrado.

Después, Stella se desenredó el pelo y contempló las mechas verdes que se había hecho el día anterior. Le gustaban. No estaban nada mal. Así que decidió dejárselas al menos un tiempo más, hasta que se cansara de ellas o le apeteciera cambiar de estilo. Se recogió el cabello en una cola de caballo y se sentó de desayunar con Leandro.

En cuanto terminaron de comer, salieron a la calle y se encaminaron hacia la taberna, El Guidario Tuerto, un local no muy famoso que, no obstante, atraía a muchos guidarios, aunque también a gente con cierta mala reputación. El dueño, un hombre de mediana edad gruñón y muy mandón, había sido guidario en sus tiempos mozos. En alguna de sus aventuras perdió un ojo y cuando por fin decidió retirarse, a su hijo le hizo mucha gracia elegir ese nombre para su local.

Las calles de Marlenia estaban rebosantes de vida. El día era espléndido, ni una sola nube en el cielo, lo cual muchos celebraban con alegría anticipada, ya que se esperaba una noche igual de despejada. A Leander, por su parte, le cambió repentinamente la expresión de la cara. Stella, al notarlo, no dijo nada, sino que esperó a que él mismo sacara el tema, como no tardó en hacer.

—Me he enterado de un rumor esta mañana —le soltó con tono triste.
—¿Durante los diez pasos que hay de un extremo a otro de la acera? —se extrañó Stella, aunque intuía que el chiste no animaría a Leandro. No se equivocó.
—No, en la tienda. El panadero me ha dicho que… —tragó saliva, sin intuir siquiera cómo se tomaría la noticia su hermanastra—. Me ha dicho que Livana ha sido apresada por los guardias. A estas alturas, puede que esté en la cárcel.

Stella no respondió inmediatamente. Se quedó pensativa durante unos segundos, pero no dio muestras de tristeza o compasión por el destino de la muchacha.

—¿Y no sabes cuál es la causa? —preguntó finalmente.
—No. Imagino que la pillarían robando. Aunque…
—¿Y qué más da? Ya no tenemos nada que ver con ellos —refunfuñó Stella—. Hesper y Panthea deberían de haberla cuidado mejor. Ella misma se lo ha buscado.

Esta vez fue Leander el que calló. Continuaron su camino hasta llegar a la taberna y se pusieron a trabajar. Stella era una de las dos camareras del local; mientras que Leander, el cocinero. Y el viejo Oreius, su jefe, se encontraba cuando entraron de un humor de perros. Descargó su rabia sobre los empleados y fue tan desagradable como siempre, aunque éstos ya estaban acostumbrados. Stella se limitó a pensar en dulces de caramelo mientras Oreius gritaba, para no responderle.

Aquel día, la taberna estaba llena de guidarios. Charlaban y reían copiosamente, hasta el punto de que llegaron a ser los únicos clientes. Stella, impresionada, no supo la razón hasta que se acordó de qué día era. Gruñó por lo bajo y continuó con el trabajo.

En el descanso de la comida, Leander volvió a asaltarla con otro tema peliagudo para la chica.

—¿Sabes qué ocurre esta noche?
—Sí, esos encantos me lo han recordado —murmuró, refiriéndose a los guidarios.
—Me encanta la feria de Los Fuegos Caídos —soltó Leander—. Antes íbamos todos juntos. Ya sabes, toda la familia. A Livana…
—¿Qué importancia tiene? Livana no podrá ir a la feria este año.

Leander la observó nuevamente con ojos tristes. Quizá, pensó Stella, su amargura por el encarcelamiento de la chica se debía a que, al contrario que ella, Livana era su hermana completa. Había pasado siete años más con ella y la muchacha lo había cuidado desde pequeño. No obstante, Stella seguía sin poder comprender su interés por lo que quedaba de su familia, después de lo ocurrido la última vez que se encontraron.

—¿Crees que podrá verla desde la ventana de la prisión? —insistió Leander, buscando algún consuelo.
—Dudo que los guardias hayan tenido ese detalle —replicó con sinceridad—. Pero mientras no haya hecho nada grave, seguro que el año que viene podrá asistir. Aprenderá del error.
—Eso espero —suspiró, apenado—. ¿Y nosotros vamos a ir?
—Tú puede que sí. Yo, no.
—¿Por qué no? —se sorprendió.
—Porque no me gusta.
—Sí que te gusta.
—Ya no.

Leander no insistió. Al menos, no en aquel momento. La hora de descanso acabó y retomaron sus puestos. Más tarde, el joven convencería a su hermanastra de que lo acompañara, al menos, durante un rato. Él fue el único motivo por el que Stella asistió a la feria.

Prólogo: Tyler

Mayordomos

Los portones de la cárcel se abrieron con un enorme chasquido, la luz entró y deslumbró al joven prisionero. Cuando su vista se acostumbró nuevamente a la luz del día pudo ver las calles de Marlenia. La cárcel estaba ubicada en un pequeño montículo desde el cual podía observarse gran parte la ciudad.

Los guardias que lo escoltaban lo llevaron fuera del recinto, uno sacó unas llaves y le quitó las esposas.

—Ya eres libre, vagabundo —dijo un guardia—. ¿Se te han hecho largas estas tres semanas?
—Un poco más que la última vez —respondió mientras hacía crujir los nudillos—. A todo esto ¿Dónde están mis pertenencias?
—Sus pertinencias dice…—se burló uno de los guardias mientras le entregaba la lanza y la katana—. No queremos volverte a ver por aquí, vagabundo. Sabemos que solo armas alboroto para tener comida y alojamiento gratis durante un buen tiempo.
—Tranquilos chicos, ahora ya tenía ganas de perderos de vista… —contestó el joven mientras se marchaba.

Bajaba por la única y empinada calle que conducía a la cárcel. Andaba con energía y con cara sonriente. Su nombre era Tyler, Tyler Nielsen. Era un joven de diecinueve años, alto y fuerte, su estado de ánimo se veía reflejado en sus ojos verdes, estaba de buen humor. Tenía el pelo de color castaño oscuro, lo llevaba largo, por debajo de los hombros, solía hacerse una cola pero en aquel momento lo tenía suelto y despeinado tras haber estado unas semanas encerrado en el calabozo. Sin embargo mantenía la ropa limpia, vestía un elegante habillamiento de carácter militar, propio de un alto rango, mientras que en las piernas llevaba unas grebas hasta la altura de las rodillas.

Era ya casi mediodía, la ciudad estaba rebosante de actividad, las calles estaban llenas de gente. Todo seguía igual que siempre, parecía que nada hubiera cambiado. Para Tyler el tiempo se había detenido hacía un año dentro de las murallas de Marlenia. Fue esclavo durante mucho tiempo, más tarde fue adoptado por un ex-político de Marlenia llamado Jegrand Nielsen, el cual le educó y cuido de él como si de su propio hijo se tratara. Su nuevo padre fue el líder de un grupo revolucionario popularmente conocido como Liberum Iter, partidario de la revolución, de reformas sociales y de erradicar los privilegios e igualar los tres estamentos sociales.

Tras la muerte de su padre y de todos sus compañeros a manos de los guidarios al sofocar el movimiento había sido encarcelado y poco tiempo después puesto en libertad. Sin embargo, lo había perdido todo. Había buscado información en los registros de la oficina oficial de Marlenia, cara al público habían sido tildados de terroristas y de querer atentar contra la seguridad nacional, además de muchas otras mentiras para encubrir los hechos reales. Según esos informes había sido el propio mayordomo de Jegrand Nielsen quien había destapado el movimiento e informado a los guidarios. Nunca tuvo donde volver, todos los bienes y propiedades de su padre habían sido requisados y ni siquiera se le informó donde les habían enterrado o qué habían hecho con sus cuerpos.

El número de gente se había reducido drásticamente en las calles de la ciudad, todo estaba más tranquilo, la hora de comer había llegado. Después de mucho andar Tyler había llegado a una gran plaza con una gran fuente en el centro, se sentó en un banco cerca de la fuente y sacó un pequeño bolsito lleno de galletas.

—Creo que empezaré a distribuirme la comida de forma que me dure más… —se dijo a si mismo. De pronto le sonaron las tripas—. No, espera. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Estuvo tumbado en el banco bastante rato y terminó por dormirse. Cuando despertó ya era media tarde, iba a dar otro de sus largos paseos cuando de pronto oyó su nombre, lo llamaban unos niños. Se acercó mientras les saludaba con la mano y se sentó de cuclillas para estar a la misma altura que ellos.

—Hacía tiempo que no te veíamos, Tyler —le saludó un niño de pelo rubio—. Nos habías prometido que jugarías con nosotros.
—Llevas el pelo muy despeinado ¿Sabes? Toma —le dijo una niña mientras le alargaba una cinta—. Estábamos muy preocupados ¿Sabes?
—Disculpadme chicos, estuve tres semanas en la cárcel —se excusó mientras se hacía una coleta—, no encontraba ni comida ni alojamiento, así que me vi obligado a armar un poco de alboroto.
—Mi madre me ha dicho que puedes venir a comer a casa cuando quieras —le contó un tercer niño de pelo rizado.
—La mía me ha dicho que puedes venir a dormir a casa cuando quieras ¿Sabes? —añadió la niña.
—La mía dijo lo mismo —dijo el niño rubio mientras reía.

Tyler terminó de hacerse la cola, sonrió y les dijo mientras se rascaba la cabeza:

—Algún día vuestros padres querrán cortarme la cabeza ¿Sabéis? —se los quedó mirando un buen rato, después de un corto silencio preguntó —¿Queréis jugar a algo?
—¡Hoy no podemos, estamos muy ocupados! Esta noche es la feria de los fuegos caídos —le explicaba el niño de pelos rizados muy ilusionado—, será genial.
—Tú también podrias venir ¿Sabes? —dijo la niña con el mismo tono de siempre—. Te divertirías ¿Sabes?
—Vale, vale —dijo Tyler haciéndoles callar—, esta noche intentaré pasarme por ahí.
—¡Nosotros debemos irnos ya! Te vemos esta noche en la feria ¿Vale vagabundo? —se despedía el niño rubio mientras los tres niños marchaban—. ¡Ya jugaremos otro día a guidarios!

Tyler los despidió moviendo el brazo, se levantó y empezó a dar un largo paseo. Guidarios. Odiaba a los guidarios, tras el incidente de Liberum Iter no había cosa que detestara más en el mundo. Llenos de privilegios, orgullosos de si mismos, adorados por todos, los únicos que podían salir fuera de las murallas, sin lugar a duda sería el primer estamento que eliminaría. 

Empezó a recordar la contienda que tuvo lugar hacía ya poco más de un año, aun así había decidido no convertir el objetivo de su vida en una inútil venganza, si tenía que huir, huiría hacia delante. Era todo muy confuso y no estaba seguro de nada. Según los registros oficiales el traidor era el mayordomo… Tyler entornó los ojos. No, había algo que sí tenía muy claro y de lo que estaba completamente seguro… ellos jamás tuvieron mayordomo.

El Sol había caído, y con él los ánimos de Tyler. Empezó a oír el murmullo de gente, la feria de “Los fuegos caídos” no estaba muy lejos, parecía que la diversión estaba a punto de empezar…

Prólogo: Arthur

Soleado


Las únicas nubes que adornaban el cielo podían divisar una pequeña jaula con hormiguillas en su interior. Diminutos movimientos que creaban una superficie vibrante sobre el suelo, interrumpidas sólo por algunas motas marrones; grisáceas y vaporosas en determinados lugares. Y entre esa homogeneidad, llamaba la atención un punto de color…


-… “Un punto perfecto y alegre. Lo mejor de esa jaula” -susurró un chico joven a través de sus sonrientes y morenos labios, imaginando que eso era lo que pensaban las nubes acerca de la ciudad de Marlenia. Entonces abrió los preciosos ojos ámbar que había heredado de su madre y se incorporó dando un salto-. ¡Exacto! ¡Un perfecto punto rojo! –gritó hacia las nubes, sin borrar la sonrisa. Pensando que podían oírle. 


Lleno de orgullo, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia “el punto rojo”, que por el contrario, desde su perspectiva se trataba de una inmensa tela carmesí que acunaba grandes números de circo en su interior.

Arthur era uno de los integrantes de esos espectáculos. “¡Ni más ni menos que trapecista!”, solía presumir su madre. Y aquella mañana había vuelto a levantarse temprano para ayudar en las tareas, como la gran mayoría de los allí presentes. Al ser víspera de la feria de “Los fuegos caídos”, habían aprovechado para poner a punto todos los materiales y elementos del circo. Así que aunque ese día no tuviera que volar por los aires con cientos de ojos observándole, tenía bastante trabajo por delante, y eso no le desagradaba. Le gustaba mantenerse ocupado, sobre todo para con “su” circo. Le llenaba de tranquilidad que todo pareciera en orden.

Llegó hasta un pequeño cubículo ornamentado situado en la parte trasera de la carpa y abrió la puerta.


-¡Mamá! ¿Cómo va la mañ… -la habitación estaba vacía. Era normal que Dana Lauper se encontrara ya cuidando de sus animales-. Vaya… Pensaba preguntarle si me acompañaba a una herrería –se dijo a sí mismo, mirando su propio reflejo en un bonito espejo rodeado de bombillas apagadas. Vio que volvía a tener el pelo alborotado, y tras algunos toques con las manos, decidió que era mejor no empeorar aquel estropicio rubio. Al menos su ropa si estaba en su sitio. Un fabuloso conjunto de trapecista color blanco con detalles rojos y dorados. Le encantaba vestirse con aquellos conjuntos. Tan cómodos…-. Bueno –se encogió de hombros-. ¡Es igual! –y salió corriendo hacia el mercado.


No sabía muy bien a qué herrería dirigirse, pero tenía claro que no pensaba volver sin las poleas que quería. Había visto demasiado desgastadas las de una trampilla de una carroza. Así que, tarareando un ritmo alegre, iba fundiéndose entre la gente y mirando los distintos carteles, hasta que se decidió por uno de una herrería menuda pero en buen estado. 

Justo antes de entrar vio que una preciosa joven de largo cabello abría la puerta algo irritada y pasaba sin mirarle. Por un instante Arthur dudó en entrar, ya que quizá la chica había quedado descontenta de algún artículo del establecimiento, pero al final decidió eludir el pensamiento.

Efectivamente, poco rato después salió de la tienda, orgulloso de su compra. Guardó las piezas en su alforja y decidió disfrutar un poco más del calor de los ciudadanos, pasando el resto de la mañana de aquí para allá, hasta que se detuvo al ver a unas niñas saltando a la comba. Parecían trillizas, a cada cual más encantadora. Compartían unos prominentes mofletes que hicieron sonreír a Arthur. Le encantaba saltar, y estaba a punto de unirse a ellas algo avergonzado cuando alguien le empujó haciéndole perder el equilibrio. Con un rápido movimiento se estabilizó y miró a su alrededor. Una figura familiar daba vueltas entre la gente, buscando algo. Hubo un momento en que sus miradas se cruzaron, y Arthur reconoció a la joven. Era la misma que había visto aquella mañana salir de la herrería, pero esta vez estaba contrariada, no ofuscada. Aunque cuando quiso darse cuenta, la chica había desaparecido. El joven miró de nuevo al trío de niñas, con la mente ocupada, pero unos segundos después decidió que ya era hora de llevar las poleas al circo. 

Una vez allí, después de comer se puso manos a la obra, y con cada tarea le surgía una nueva, manteniéndole ocupado durante toda la tarde.

Prólogo: Alexia

La nota

Los muros que se alzaban en los límites de Marlenia no impedían ver el hermoso cielo azul que daría vida a aquella ciudad medieval. Con el nacimiento del sol, el ruido de la maquinaria quedaba en nada a causa del sonido de la gente saliendo a la calle. Iba a ser otro día más en la gran ciudad cubierta por el gran muro que no se podía traspasar, por lo menos no por ellos, y tampoco es que parecía importarle mucho a la gente.

En la casa del herrero, el sonido de la forja despertó a Alexia, quien dormía en la planta de arriba. La luz que se filtraba en la habitación hizo que se diera cuenta de la hora que era y que se levantara de un brinco, quedándose sentada sobre la cama. Corrió hacia la puerta y cuando salió escaleras abajo, encontrándose en la fragua, donde pudo ver una musculosa silueta golpeando los hierros a un ritmo constante. Caminó con cuidado hacia allí mientras se echaba su largo pelo hacia atrás.

—¿Padre? ¿Trabajando tan temprano? —preguntó ella. Su voz era tan firme como suave, y muchas veces le habían dicho que era como la de un ángel, llenándola de orgullo —. Debería dejar que le ayude.

Pero cuando la musculosa espalda se giró la chica se sobresaltó y dio un par de pasos hacia atrás. No se trataba de su padre, sino de su hermano. Pudo reconocer sus cicatrices bajo la ceniza y el sudor, además de su cabello caramelo cayendo en degradación hasta por encima de los hombros. Sus ojos aguamarina, heredados de su madre, brillando con entusiasmo mientras la miraba con una sonrisa. Alexia quedó petrificada ante su presencia, con sus manos temblando por la impresión y las gotas de sudor comenzando a caer por su frente. Si había una persona que no quería ver el mundo era a su hermano, con aire de seguridad y fuerza, su inteligencia, su belleza, su simpatía…

…su perfección.
Solo una persona así podía ser el jefe guidario, el que debía guiar a los demás cuando debían salir al exterior. Hacía un par de años que ocupaba ese puesto y todo el mundo le alababa por lo ejemplar que era. Su hermana lo detestaba por ello. Su sueño siempre había sido el de ser la guidaria de una familia, y su hermano se lo había robado. 
La risa de su hermano la despertó de su trance.
—Quise ayudar con su trabajo de hoy, ¿te he despertado? —dejó las cosas en su sitio y se giró hacia su hermana.
—N-no importa —titubeó la chica, mirando hacia otro lado —. Tenía que estudiar igualmente.
—Claro, ¿Necesitas ayuda con alguna asignatura?
La duda indignó a la chica.
—Por supuesto que no.
Se dispuso a girarse y marcharse a hacer sus labores, pero su hermano se le adelantó y le bloqueó el paso hacia el piso de arriba. Eso la volvió a congelar.
—Recuerda que siempre puedes contar conmigo —volvió a soltar su sonrisa publicitaria y ella le dedicó una mirada fulminante —. Aunque si me necesitas, será mejor que lo hagas vestida.
Entonces se dio cuenta de que aun seguía en camisón. Se llevó las manos al cuerpo intentando taparse y pasó por debajo del brazo de su hermano hacia las escaleras. Pudo escucharle nuevamente reír hasta que cerró la puerta de su dormitorio. Maldita sea, había vuelto a quedar en ridículo. Gruñó de rabia y comenzó a desnudarse.

“Y así, comienza otro día más en Marlenia”


Echó un vistazo a su armario y cogió lo primero que encontró. Toda la ropa se la había hecho su madre y siempre se la clasificaba por conjuntos, así que no tenía que complicarse mucho con la ropa. El que había cogido hoy era un top azul con una chaqueta y unos shorts negros. Ambos tenían una tela de gasa blanca decorada con encajes en las puntas. Tardó mucho menos en ponerse la ropa que en peinarse su pelo acaramelado, el cual le llegaba hasta las rodillas, pero una vez lo hubo hecho corrió hacia la puerta y esquivó a su hermano hasta llegar fuera.

Las calles ya estaban rebosantes de vida. Los negocios estaban abiertos, inclusive el de su madre, la panadería, y todos estaban haciendo sus vidas menos ella, que en realidad no tenía que estudiar nada que no hubiera hecho ya. Por un momento se le pasó por la cabeza ir a ayudar a su madre, pero recordó que su madre le había prohibido ayudarla porque ya sabía hacer la tarea y debía concentrarse en sus estudios. Viendo que lo único que podría hacer sería vagar por las calles sin sentido alguno, se dirigió hacia la biblioteca con la intención de encontrar algo interesante que leer. 

Por el camino pudo ver unas viejas compañeras de escuela que paseaban en dirección contraria. En cuanto vio que la miraban y se reían, se puso más tensa y de aun más mal humor. No hacía mucho ella las lideraba gracias a que era la más popular de la escuela y ahora hacían lo que les daba la gana, y todo gracias a su hermano. Murmuró una maldición hacia él y entró en la biblioteca. 

Lo bueno que tenía la biblioteca era su gran silencio y tranquilidad, y para ello no tenías que estar sola. El lugar estaba lleno de estudiantes y de aficionados a la lectura, así que Alexia no tenía ningún problema para sentirse cómoda allí, así que se apresuró a adentrarse en el pasillo derecho y buscar un libro que se adaptase a sus gustos. Primero vio uno de una guerrera que debía defender su país, pero en cuanto le echó un vistazo se dio cuenta de que trataba sobre todo el amor que sentía hacia su amante, así que lo cerró. Cogió otro que trataba sobre una guerrera que decía estar influenciada por una fuerza superior y que se dedicó a conquistas y a más conquistas. Atraida por su superioridad y su fuerza sin igual, abrazó el libro y se sonrió a si misma, imaginando sus viajes y sus batallas. 

—El final es bastante triste —murmuró una voz femenina a sus espaldas.
La chica de cabello miel se giró rápidamente al sentir alguien a sus espaldas, sin embargo, no pudo más que admirar a una mujer hermosa que la miraba con una sonrisa. Parecía brillar por si sola, con su cabello albino cayendo hasta sus tobillos y su vestido blanco reluciente. 
—¿Por qué? —fue capaz de pronunciar al poco rato.
—La pobre chica, defendiendo sus ideales, muere en la hoguera acusada de ser una bruja —respondió la mujer albina, llevándose una mano al pecho —. Lo intentó, pero no pudo conseguirlo.
Eso le provocó a Alexia cierto rechazo hacia el libro. Ya no lo abrazaba con tanta fuerza.
—Vaya…menudo final —respondió la joven, observando la portada del libro.
—Ella no podía ver más allá de sus ideales, y ese fue su final. Si se hubiera atrevido a ver más allá…—la expresión de la albina era triste, tanto que Alexia pensó en consolarla. Pero cuando se fue a acercar y a tocarla, la brillante mujer se retiró —. Esta noche se celebra la feria de los “Fuegos Caídos”, ¿no?
La joven asintió.
—Espero verte allí, Alexia —dijo antes de salir corriendo.
—Adiós…un momento…¡eh, tú!

¿Cómo demonios sabía su nombre?
Corrió hacia la puerta, pero la mujer ya había desaparecido. La gente no estaba alterada ni se había quedado mirando hacia ningún lado a pesar de que su aspecto era poco común. En vista de que no tenía ninguna pista, se acercó apresuradamente a la salida y dejó el libro en el mostrador del recepcionista. Una vez hecho, corrió hacia fuera y la buscó entre la gente sin encontrar nada. La albina había desaparecido sin dejar rastro, y la gente no parecía alterada en absoluto. No entendía como no habían sido capaces de ver a una mujer tan hermosa y tan brillante, con una apariencia tan extraña y paseando como si nada por la ciudad. 

A lo mejor todo venía de su cabeza. Eso debía ser, había dormido poco y estaba teniendo visiones raras. No debía hacerles caso en absoluto. Es más, iría a casa y se dispondría a descansar y dejar de pensar en todas esas tonterías de guerreras fracasadas. Habría caminado hacia su casa, pero una fuerte atracción hacia la biblioteca…no, hacia el libro que había dejado allí la obligó a adentrarse de nuevo y pedirlo. 

El libro de una guerrera que por sus ideales había dejado todo, incluso su vida…
Se sentía identificada por ella. 
Y sabía el motivo.

Cuando escuchó el ruido de la maquinaría funcionar, supo que ya era mediodía, y corrió hacia casa. Cuando entró no se molestó en mirar si su hermano estaba trabajando aun y se adentró hasta su habitación, donde se tiró sobre la cama y miró al libro como si de un rival se tratara. Cruzó mirada con su tapadera, tocándola y sintiendo su suave textura provocarle escalofríos, y finalmente aguantó la respiración para abrirlo, esperando sumergirse en sus palabras hasta fundirse con la protagonista.
Sin embargo, lo primero que encontró fue una nota escrita a plumilla en una esquina de la primera página.


En mis sueños me prometiste que volveríamos a vernos.
Te espero en la cuna del cielo.



Alexia quedó petrificada y confundida. ¿Qué demonios era eso? Podría haberlo escrito cualquier persona para gastarle una broma, pero de alguna forma sabía que no era una broma y que ese mensaje era para ella. Apretó los labios y miró con decisión hacia la ventana. Esa noche…no sería como las demás.