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domingo, 27 de noviembre de 2011

Prólogo: Arthur

Soleado


Las únicas nubes que adornaban el cielo podían divisar una pequeña jaula con hormiguillas en su interior. Diminutos movimientos que creaban una superficie vibrante sobre el suelo, interrumpidas sólo por algunas motas marrones; grisáceas y vaporosas en determinados lugares. Y entre esa homogeneidad, llamaba la atención un punto de color…


-… “Un punto perfecto y alegre. Lo mejor de esa jaula” -susurró un chico joven a través de sus sonrientes y morenos labios, imaginando que eso era lo que pensaban las nubes acerca de la ciudad de Marlenia. Entonces abrió los preciosos ojos ámbar que había heredado de su madre y se incorporó dando un salto-. ¡Exacto! ¡Un perfecto punto rojo! –gritó hacia las nubes, sin borrar la sonrisa. Pensando que podían oírle. 


Lleno de orgullo, se dio la vuelta y empezó a caminar hacia “el punto rojo”, que por el contrario, desde su perspectiva se trataba de una inmensa tela carmesí que acunaba grandes números de circo en su interior.

Arthur era uno de los integrantes de esos espectáculos. “¡Ni más ni menos que trapecista!”, solía presumir su madre. Y aquella mañana había vuelto a levantarse temprano para ayudar en las tareas, como la gran mayoría de los allí presentes. Al ser víspera de la feria de “Los fuegos caídos”, habían aprovechado para poner a punto todos los materiales y elementos del circo. Así que aunque ese día no tuviera que volar por los aires con cientos de ojos observándole, tenía bastante trabajo por delante, y eso no le desagradaba. Le gustaba mantenerse ocupado, sobre todo para con “su” circo. Le llenaba de tranquilidad que todo pareciera en orden.

Llegó hasta un pequeño cubículo ornamentado situado en la parte trasera de la carpa y abrió la puerta.


-¡Mamá! ¿Cómo va la mañ… -la habitación estaba vacía. Era normal que Dana Lauper se encontrara ya cuidando de sus animales-. Vaya… Pensaba preguntarle si me acompañaba a una herrería –se dijo a sí mismo, mirando su propio reflejo en un bonito espejo rodeado de bombillas apagadas. Vio que volvía a tener el pelo alborotado, y tras algunos toques con las manos, decidió que era mejor no empeorar aquel estropicio rubio. Al menos su ropa si estaba en su sitio. Un fabuloso conjunto de trapecista color blanco con detalles rojos y dorados. Le encantaba vestirse con aquellos conjuntos. Tan cómodos…-. Bueno –se encogió de hombros-. ¡Es igual! –y salió corriendo hacia el mercado.


No sabía muy bien a qué herrería dirigirse, pero tenía claro que no pensaba volver sin las poleas que quería. Había visto demasiado desgastadas las de una trampilla de una carroza. Así que, tarareando un ritmo alegre, iba fundiéndose entre la gente y mirando los distintos carteles, hasta que se decidió por uno de una herrería menuda pero en buen estado. 

Justo antes de entrar vio que una preciosa joven de largo cabello abría la puerta algo irritada y pasaba sin mirarle. Por un instante Arthur dudó en entrar, ya que quizá la chica había quedado descontenta de algún artículo del establecimiento, pero al final decidió eludir el pensamiento.

Efectivamente, poco rato después salió de la tienda, orgulloso de su compra. Guardó las piezas en su alforja y decidió disfrutar un poco más del calor de los ciudadanos, pasando el resto de la mañana de aquí para allá, hasta que se detuvo al ver a unas niñas saltando a la comba. Parecían trillizas, a cada cual más encantadora. Compartían unos prominentes mofletes que hicieron sonreír a Arthur. Le encantaba saltar, y estaba a punto de unirse a ellas algo avergonzado cuando alguien le empujó haciéndole perder el equilibrio. Con un rápido movimiento se estabilizó y miró a su alrededor. Una figura familiar daba vueltas entre la gente, buscando algo. Hubo un momento en que sus miradas se cruzaron, y Arthur reconoció a la joven. Era la misma que había visto aquella mañana salir de la herrería, pero esta vez estaba contrariada, no ofuscada. Aunque cuando quiso darse cuenta, la chica había desaparecido. El joven miró de nuevo al trío de niñas, con la mente ocupada, pero unos segundos después decidió que ya era hora de llevar las poleas al circo. 

Una vez allí, después de comer se puso manos a la obra, y con cada tarea le surgía una nueva, manteniéndole ocupado durante toda la tarde.

Ficha: Arthur Lauper


• Nombre: Arthur Lauper

• Edad: 22

• Profesión: es uno de los mejores acróbatas del circo al que pertenece.

•Familia: Madre (Dana Lauper): viva. Encantadora de animales dentro del circo.
Padre: vivo. En paradero desconocido. Fue amante de la madre de Arthur, pero al enterarse de su embarazo desapareció.

• Arma: principalmente sus extremidades. Aunque está provisto de un puño de acero y de una pequeña daga para casos donde decida usarlos.

• Descripción Física: de complexión atlética, bien formada y musculosa, pero no muy robusta, ya que debido a su trabajo, necesita flexibilidad y agilidad. Lleva ropa muy cómoda, no le gusta sentirse pesado, hasta el punto que su manera preferida de luchar es en ropa interior. Sus movimientos son muy armoniosos, tanto que se puede apreciar su “soltura” tanto andando como cogiendo un vaso. Mide 1,70 m. y tiene un tatuaje en la parte posterior del cuello, con el siguiente aspecto: 気候 (del japonés “clima”. Sabe su significado por la diversidad de razas que hay en el circo donde trabaja). [Ver imagen inferior]

• Descripción Psicológica: muy bromista y sanamente sarcástico. Está acostumbrado a tratar con la gente, incluso desconocida. Es risueño, pero no suele reirse a carcajadas fácilmente. Bastante serio en su trabajo y valora mucho el esfuerzo y cualidades de los demás. Sabe escuchar y le cuesta perder la calma. No soporta que las personas sean altivas y/o irrespetuosas. Siente una gran admiración por su madre y le encanta comer.
Lo malo de su modo de vida es que al conocer a tanta gente, no ha intimado mucho con nadie, y por lo tanto no está acostumbrado a tratar temas muy personales. Y contrastando con su gran habilidad en piruetas, lucha, y conocimiento sobre plantas, es un poco inculto en las demás ramas (sabe leer. Que conste xD).
Por último, tiene intuición a la hora de interpretar los cambios en el cielo, y por lo tanto, suele acertar en los cambios de clima.

• Historia: desde que nació ha vivido en y para el espectáculo. Siempre ha sido una persona trabajadora. De niño ayudaba en las pequeñas tareas del circo, y ya poco a poco fue centrándose en un área. Su madre también era una persona trabajadora, así que no estaba siempre a su lado, pero nunca se ha quejado por ello. Ha sido la razón por la que la admira, tan cariñosa y buena en privado, y con tanta determinación en su trabajo.
No conoció a su padre, pero nunca se ha preocupado por ello. De hecho, tiene la sensación de tener varios padres, e incluso piensa que tiene una familia más grande que la mayoría de la gente, se siente afortunado.
Normalmente va al pueblo a comprar comida o utensilios que hagan falta, para distraerse, soliendo tararear los ritmos de los números del circo.
Cuando tenía quince años, uno de lso integrantes de su espectáculo, Leonard, casi de su misma edad, murió por un fallo en las cuerdas. Fue la primera vez, y la única, que lo pasó realmente mal. Estuvo dos semanas sin poder realizar sus actividades debido a su malestar, pero consiguió superarlo, y por ello se volvió más cuidadoso con la estructura y buen estado de los elementos del espectáculo, aunque no fuera diréctamente su labor.
Cada día intentando dar lo mejor de sí, sonriente, pero... tras aquel accidente, algo en su interior tiene miedo de coger demasiado cariño a la gente, de intimar de forma profunda, porque inconscientemente tiene miedo a perderlo.

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