miércoles, 26 de diciembre de 2012

Lineart grupal - EoD



Casi en la llegada del capítulo 13, presentamos este Art hecho por Pictor Iocus con todos los personajes que protagonizan esta historia de fantasía. Esperamos que ayude a los seguidores a la hora de recrear las escenas =D
 ¡En un futuro no muy lejano podréis disfrutar de él a color!

Gracias por leer.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Capítulo 12

Descanso


– Me pregunto dónde estará Stella… – Murmuró Tyler, pensativo.

Todo el grupo menos la mencionada se encontraba en una habitación bastante curiosa, era totalmente redonda, formando una semicircunferencia. Las paredes eran de piedra, pero irradiaban calor, haciendo que desapareciera la sensación de frío. Había seis camas para poder descansar, cada una con una manta y una túnica azul que hacía la función de pijama, un pequeño armario para guardar pertenencias y toallas.

– A saber, pero la señorita ya es mayor para velar por sí misma – Respondió Sho mientras se estiraba en cama, acomodándose como podía – Aun así, no estaría mal que tuviese caballero como yo para que la acompañase para protegerla de cualquier peligro – Añadió con una sonrisa. 

– Nadie necesita tu ayuda, y aún menos Stella – Gruñó Alexia, molesta.

Sho soltó un mohín, pero decidió no seguir, no se sentía con ganas de proseguir con su charla.

– Ya sabemos como es, seguro que se las apaña sola – Añadió Arthur restándole importancia. 

– Pero somos un grupo, ¿no? Deberíamos estar juntos – Contestó algo preocupado, de un modo u otro, sentía la necesidad de velar por todos.

– ¿Un grupo? ¿Desde cuándo somos un grupo? – Dijo Alexia con una sonrisa que no presagiaba precisamente alegría – ¿Y desde cuando tú te preocupas tanto por ella?

– ¡Yo me preocupo por todos! – Exclamó enfadado – Tenemos a una… una… – No sabía cómo definir a Stella, desde luego no eran amigos, pero tampoco se llevaban mal. En ese instante se dio cuenta de lo poco que sabía de ella. – … lo que sea, ¡tenemos que ir a buscarla!

– ¡¿Y ahora vas de líder?! Quién eres tú para ordenarnos qué tenemos que hacer?! – Alexia elevó la voz, fulminándolo con la mirada.

– Pues soy alguien que se preocupa por sus compañeros, ¡y no pienso dejarla deambulando por ahí sola!

– ¡Por favor, parad ya los dos! – Gritó Arthur, poniéndose en medio. – Basta de pelearse. Alexia, deja de picar a Tyler, y tú, cálmate un poco, ya verás como todo irá bien – Intentó calmar la situación. Tyler iba a decir algo, pero alguien tocó a la puerta con decisión, un simple “adelante” de Sho bastó para que Stuart, ese pájaro tan peculiar, abriese la puerta. 

– Lo que faltaba – Murmuraron Tyler y Alexia a la vez, enfadados.

– Espero no interrumpirles en algo importante. – Dijo educadamente mientras batía un poco sus alas. 

– Para nada estimado señor – Contestó Sho rápidamente, tomando el control de la conversación. Se incorporó y se acercó al búho para hablar con él, Tyler resopló y gruñó algo incompresible mientras se giraba y se dejaba caer en una de las camas, deseando que el chico de cabellos dorados parase de una vez con su carácter tan pomposo y educado. Arthur le miró y le dedicó una mirada de advertencia, dándole a entender que era por su bien, pero Tyler simplemente se giró de cara a la cama para no ver nada. Alexia se limitó a cruzarse de brazos y escuchar.

– Me gustaría darles algunas indicaciones y normas antes de dejarlos reposar – Siguió el ave – Disponen de un baño con todo el aseo suficiente al final del pasillo a la derecha. Está perfectamente equipado con duchas para asegurar la higiene de todos los huéspedes.

Tyler rápidamente se levantó, cogió una toalla y, sin importarle nada, salió de la estancia, ganándose una mirada de recelo de todos sus compañeros. Stuart ululó un poco, molesto, pero siguió.

– No griten ni sean irrespetuosos, hay otros huéspedes que también necesitan descansar al igual que ustedes – Prosiguió – Les recomiendo irse a descansar en cuanto puedan o relajarse en caso de que no tengan sueño. El desayuno se servirá mañana a las 8 en punto, les advierto que no lleguen tarde, ¡la cocina no está abierta eternamente!

– Entendido – Dijo simplemente Arthur, asintiendo levemente.

–Bien entonces, espero que descansen, hasta mañana.

–Buenas noches señor, que descanse usted también – Respondió Sho educadamente. El ave se fue por la puerta dando pequeños pasos, luego la cerró con el ala y se fue, dejando la habitación en silencio. 

– Si se me permite, iré a tomarme una ducha, no aguanto tanto tiempo sin un mínimo de higiene – Dijo Sho mientras cogía una toalla. – ¿Damisela, me acompaña? – preguntó a Alexia con una sonrisa mientras guiñaba un ojo, intentando hacer olvidar los instantes vividos antes de que el ave los interrumpiera.

– Contigo no, pervertido – Contestó tanjante. Sho soltó un mohín pero no insistió, no tenía ganas de pelear con ella, así que cogió su túnica y se fue, cerrando la puerta suavemente. Alexia se cruzó de brazos y observó a Arthur.

– ¿Tu también te irás? – Le miró seria.

– La verdad es que sí – Sonrió un poco, disculpándose – Estamos en un lugar seguro y, qué decir, ya que tenemos la posibilidad, tenemos que aprovecharla.

Cogió una toalla y el pijama, luego miró a Alexia detenidamente.

– Será mejor que hagas lo mismo, aprovecha ahora que puedes. Además, una buena ducha puede ayudarte a calmarte.

Seguidamente, abrió la puerta y se fue sin más con una sonrisa. Alexia suspiró y se quedó mirando la toalla, pensando en si irse o no. No quería ceder a la recomendación de Arthur, estaba enfadada, pero la ducha le tentaba, hacía demasiado tiempo que no se relajaba un poco, así que un poco contrariada con sí misma, cogió toalla y túnica y se fue hacia afuera.


Tyler regresó un rato después. Con una toalla que le rodeaba la cintura, se extrañó al ver que no había nadie al abrir la puerta de la habitación. Se sentó en una cama mientras miraba en el infinito, pensando en Stella y la discusión que habían mantenido a la habitación. Sin duda, la ducha le había aclarado las ideas y le había relajado, haciéndole ver que su postura había sido demasiado protectora, pero aún se sentía algo molesto con Alexia y su manera de contestarle. 

Se levantó y se quitó la toalla para ponerse seguidamente la túnica azul, le cubría todo el cuerpo y era cómoda, seguidamente se estiró en una cama sin saber muy bien qué hacer. Estaba pensando en si ir a buscar a Stella por su cuenta, pero rápidamente desechó la idea, podía perderse en un lugar que no conocía, además de que tampoco sabía muy bien dónde buscar. Se dio cuenta de lo poco que conocía a la chica, no sabía sus gustos, sus preocupaciones ni sus manías, así que no sabía dónde podía estar. Pensó en sus compañeros y básicamente llegó a la misma conclusión, no sabía absolutamente nada de ellos, sólo se podía guiar por lo que habían hablado entre ellos y por cómo actuaban, así que no tenía mucha información de ellos. Se dijo a sí mismo que, cuanto pudiese, intentaría saber algo más de ellos.

Escuchó la puerta abrirse y vio cómo una cabeza de cabellos largos y rubios se asomaba.

– ¡Stella! – Exclamó Tyler, reincorporándose – ¿Dónde habías estado? ¡Estábamos preocupados por ti!

Stella simplemente entró en la estancia, cerrando la puerta.

– ¿Y bien? ¿No vas a decirme dónde has estado? – Preguntó Tyler curioso.

– He estado dando vueltas por ahí – Respondió vagamente, sin concretar. El chico no quiso insistir, sentía que se sacaba un peso de encima al saber que la chica estaba bien, sin duda, un problema menos.

– Los otros chicos han ido a ducharse, podrías hacer lo mismo – Le dijo señalándole con la cabeza una de las toallas que quedaba, Stella se la quedó mirando.

– ¿Por qué no? – Dijo encogiéndose de hombros. – Supongo que esto azul tan espantoso es una especie de pijama – Lo cogió con una mueca juntamente con la toalla, se giró dándole la espalda a Tyler y, antes de que pudiese poner la mano en el pomo, la puerta se abrió, dejando ver a Sho y Arthur ya vestidos con la túnica.

– Oh dios mío, ¡Stella! – Una sonrisa iluminó la cara del aristócrata, rápidamente se acercó a ella, pero la chica reculó un poco, manteniendo las distancias – Cuanto te eché de menos, justo pensaba en ir a buscarte, damisela.

– Anda Sho, déjala y no seas exagerado, has sido el que menos se ha preocupado por ella. – Arthur posó sus manos en los hombros del chico y le obligó a andar, apartándola de ella. La chica, después del pequeño obstáculo, se fue hacia el baño para poder tomarse una buena ducha.

– ¿En fin, qué tal la ducha? – Preguntó Arthur a Tyler al escuchar la puerta cerrarse detrás suyo.

– Perfectamente, logró relajarme un poco – Dijo con una sonrisa, algo más tranquilo – Más que ya ha vuelto Stella, todo parce que funciona de nuevo.

– Recuerda que no estamos de vacaciones, jovencito – Recordó Sho mientras se sentaba en otra cama.

– Lo sé, ojalá fuera así.

– Pero yo creo que lo mejor será que vayamos ya a descansar, ¡ya que podemos, debemos aprovechar! – Dijo Arthur metiéndose rápidamente dentro de una cama, con una sonrisa.

– Pero… ¿y las chicas? ¿No las esperamos como caballeros que somos?

– No hace falta, ya sabemos que Stella ha vuelto, no hay de qué preocuparse – Arthur bostezó un poco y cerró los ojos. – ¡Venga, vamos, todos en cama!.

Los otros dos chicos, dudando un poco, le imitaron y se metieron dentro, de repente, las luces se apagaron misteriosamente, la habitación debía tener algún sistema oculto.

– Buenas noches – Deseó Arthur a los dos chicos. – Descansad mucho.

– ¡Esperad! – Exclamó Tyler. Calló unos segundos, algo inseguro, pero al final se atrevió a preguntar – … ¿cuales son vuestras aficiones?


Tyler fue el último en despertarse. Se frotó los ojos, cansado, había pasado una noche algo extraña ya que su mente había mezclado la última conversación nocturna con elementos de su viaje, haciendo un sueño más que raro. Se reincorporó y vio a Arthur que le miraba curioso.

– ¡Buenos días bella durmiente! – Exclamó el chico al verle despertarse – Vamos, vístete rápidamente o no llegaremos a desayunar. Los otros tres han tenido que avanzarse para coger sitio, justo acaban de salir.

El rubio se fue al otro extremo de la sala, cogió la ropa del recién despertado y se la tiró en la cara. Tyler gruñó un poco, pero rápidamente cogió sus pertenencias, se sentó en cama y se cambió con rapidez. Se sorprendió al notar la suavidad de la ropa, estaba limpia y tenía un suave olor a lavanda.

– ¿Ya estás? – Preguntó Arthur. Tyler le miró pero se sorprendió al verlo que estaba girado hacia la pared, intentando darle intimidad a la hora de cambiarse. 

– Listo – Se levantó y acabó de ajustarse sus prendas. Arthur se giró para verle de nuevo, ya vestido.

– Entonces vayamos de una vez, o nos quedaremos sin comer.


– Uhm… tiene mejor sabor de lo que esperaba…. – Murmuró Stella probando de su plato. Las dos chicas y el chico restante se encontraban ya en el comedor, tastando un puré de color marrón.

– A mí no me gusta nada – Dijo Sho, apartando su plato con cara de asco. – ¡Cómo añoro la comida de mi cocinera!

– Será mejor que comas y te calles si no quieres meterte en líos – Contestó Alexia. 

– Querida, ¿por qué eres tan dura conmigo? – Dijo Sho en un mohín. – Tus palabras hacen que mi corazón se parta en mil pedazos, ¡mas no me rendiré!.

– Dejad ya esta estupidez y comed de una vez. – Stella acercó el plato a Sho. – Y nada de quejarse.

Sho empezó a comer, algo disgustado.

– Buenos días damas y caballero – Saludó Alfred, que se había acercado a ellos – ¿Qué tal les probó el sueño?. 

– Maravillosamente bien – Contestó Sho con una sonrisa, animándose un poco – Por cierto sir Alcantaille, no sabía que semejante lugar tuviese tan buenos servicios, en especial el de lavandería, me ha dejado la ropa limpia y suave, ese toque de lavanda le da un toque especial – Halagó.

– Aquí nos preocupamos por el bienestar de todos, y ustedes no son excepción – La rata sonrió levemente – Espero que puedan seguir disfrutando – Sonrió ampliamente a las dos chicas, siendo cortés. Se despidió con un breve movimiento de cabeza y se fue.

Instantes después, llegaron Arthur y Tyler.

– Buenos días a todos – Saludó animadamente Arthur. – ¿Qué tenemos para desayunar?

– Será mejor que lo pruebes tú mismo – Stella le acercó el plato. Arthur cogió la cuchara, cogiendo un poco de ese puré y lo probó con curiosidad.

– Es dulce y espeso, pero… tiene algo que no podría definir – Dijo después de unos instantes de degustación. Llegó un perro vestido con camisa y chaleco que les dejó dos platos para los chicos, rápidamente desapareció tal y como había venido, de forma silenciosa y sutil.

– Pues aquí tienes tu ración. – Dijo Alexia mientras cogía su plato y seguía comiendo. Arthur empezó a comer como si nada, pero Tyler no sabía qué hacer, ese color marrón tan sospechoso no le incitaba a probar bocado. Después de dudar un poco, cogió la cuchara y tastó un poco, pero vio que tampoco era tan malo después de todo.

– Atención señores, atención, ¿me escuchan? – Dijo una voz que resonaba por toda la sala. – ¿Hola? ¿Hola?.

Todos levantaron la vista hacia el aire, intentando buscar de dónde provenía la voz.

– ¿Qué debe ser eso? – Preguntó Alexia.

– ¿Me escuchan? ¿Sí? – Siguió la voz. Era algo estridente, pero tenía una musicalidad que hacía que siguieras todas sus palabras con atención – Bien, perfecto, tengo el gran placer de recordarles que mañana es el gran día, la carrera al fin ha llegado. 

– ¿Carrera? – Preguntó la chica, algo más interesada por lo que decían.

– Recordemos a todos los asistentes que pueden inscribirse hasta las 12 en punto hablando con sir Stuart della Nidela o con sir Alfred du Alcantaille.

Los dos mencionados, que estaban en unas mesas más atrás, se levantaron de sus asientos para hacerse ver, luego se pusieron a andar hasta un extremo de la sala.

– La participación es totalmente libre. – Siguió – Como premio, vamos a conceder un libro donado por la biblioteca local llamado “La dama de Blanco”, cuyo autor es desconocido, pero posee un gran valor que esperemos que el ganador pueda apreciar y gozar de él.

Rápidamente los cinco se miraron. Sin decir nada, todos entendieron qué suponía hacerse con aquél libro. 

– Sin embargo, recordemos que el último a llegar tendrá un final más bien desafortunado, así que, mis queridos oyentes, piensen muy bien si presentarse o no.

– ¿Desafortunado? ¿A qué se refiere? – Preguntó Tyler, pero ninguno sabía la respuesta. 

– No lo sé, pero merece la pena intentarlo, ¿no creéis? – Respondió Arthur. – Será mejor que acabemos de desayunar y vayamos a por más información.

Los cuatro asintieron y comieron con rapidez, incluso Sho que se había quejado del mal gusto del puré, ignorando las últimas palabras de la voz que les deseaba suerte a los participantes.

Al acabar de comer, se levantaron con rapidez y fueron a buscar a los dos responsables, no sabían qué deberían hacer exactamente, pero tenían que conseguir aquel libro fuera como fuera.

Capítulo 11

Títeres


Había atardecido. Las calles y los muros de la ciudad tomaron un color dorado que iría desapareciendo a medida que se escondiera el Sol, juntamente a los viandantes que ocupaban las calles y plazas, y que poco a poco volverían a sus moradas para dar la bienvenida a la negra noche.
Fue entonces cuando una de las grandes puertas de Marlenia que daban al exterior se abrió para recibir a los guidarios que llegaban de una nueva expedición en busca de los fugitivos. Sin resultados, otra vez.
Los soldados avanzaban en orden y con diligencia hacia el cuartel. Delante de todos, guiando a sus camaradas, se encontraba el jefe guidario, Krauss De Tenebrae. Imponente más que ningún otro, el chico, nada más llegar al edificio, dio un par de indicaciones al escuadrón y se separó de ellos. Recorrió diversos pasillos y subió varias escaleras para, finalmente, llegar a su despacho. 
Era un sitio acogedor y tranquilo y le servía para perder de vista durante unos instantes a la gente que le requería a todas horas. Se apoyó en su mesa, donde a veces tenía que ocuparse de alguna que otra pila de papeleo, y, por fin, se tomó un respiro. Se apartó su pelo rubio de la frente, que se aferraba a ella a causa del sudor, cerró sus ojos azules y se los frotó con cansancio. Alguien llamó a la puerta, por lo que tuvo que asumir que su tregua había llegado a su fin.
Se trataba de un guidario con bastante reconocimiento y muchos años a sus espaldas. Era alto y flaco, con el pelo largo hacia atrás que terminaba en una cola. Tan negro como el azabache, su tez era pálida y su mirada imperturbable. Había perdido un ojo, por lo que llevaba un parche en el ojo izquierdo. A pesar de su aspecto sombrío era uno de los hombres de confianza de Krauss, y aunque nunca fue muy dado a largas conversaciones, el jefe pero joven guidario se había ganado su respeto. Tenacidad, discreción y lealtad, esas eran las grandes virtudes de aquel veterano, Duncan.
―¿Alguna novedad acerca de los fugitivos, señor?
―Nada de nada, y mira que hemos trabajado muy duro desde el día de su fuga ―y era verdad, habían trabajado muy duro. Pero Krauss ya se había encargado de no pudieran encontrarlos, no obstante había cosas que ni a sus hombres de confianza podía revelar―. A estas alturas es imposible que sigan con vida, mañana haremos la última ronda.
Se hizo silencio durante unos instantes. Desde luego Krauss sabía de sobras que, como jefe guidario, sus sentimientos y emociones debían permanecer al margen, y de hecho lo cumplía a la perfección. Duncan también, por lo que en ningún momento, y conociéndole, esperó que el veterano mencionara el tema de su hermana, Alexia.
―¿Alguna novedad en la ciudad durante mi ausencia?
―Nada nuevo sobre la desaparición del alcalde, señor.
―¿Nada nuevo? Hace ya más de un par de semanas que desapareció, esto no es bueno. Tendremos que abrir otra vía de investigación... o lo que sea ―conluyó frotándose la barbilla, pensativo―. No obstante ya han sido datadas unas nuevas elecciones, ¿no es así?
―Sí, de hecho venía a traerle la relación de las nuevas candidaturas que aspiran a la alcaldía ―dijo mientras le acercaba un pergamino con una gran lista de nombres.
Krauss la leyó atentamente, pero sin mucho esmero. Básicamente eran los mismos candidatos de siempre, mayoritariamente nobles que aspiraban a hacerse con el poder y consolidar su estatus y reputación. Obviamente ver el nombre de ella escrito en la lista no fue ninguna sorpresa para el guidario, Arlene Liechenstein. Una mujer de las más importantes y con más influencia dentro de la aristocracia de la ciudad, una candidata con una victoria prácticamente asegurada, pero también la madrastra de Sho, uno de los fugitivos.
―La victoria de la señora Liechenstein está prácticamente asegurada.
―Entonces… ―se levantó de la mesa donde estaba apoyado―. Será mejor que le haga una visita.
―¿Ahora?
―Sí, ahora. Debería comunicarle que mañana haremos la última ronda… era su hijo al fin y al cabo. Sabiendo que será la nueva alcaldesa es una buena ocasión para tantear el terreno, ya conoces a los aristócratas, no los tengas en tu contra ―se dirigió hacia la puerta y le puso una mano en el hombro de su camarada―. Te dejo el resto por hoy, Ducan ―se despidieron cordialmente y abandonó el edificio todavía con la armadura puesta.
El cuartel general no estaba lejos del barrio residencial, por lo que no tardaría mucho en llegar a pie a la majestuosa casa de los Liechenstein. Sin embargo, y contrariamente a lo que le había dicho a su subordinado, esa última visita en el orden del día le disgustaba de sobremanera. Algo le decía que no sería un encuentro agradable.
Estaba fatigado, desde la noche de los fuegos caídos el trabajo no había dejado de aumentar sin descanso, le desbordaba. Por si fuera poco, el ambiente en casa no estaba mucho mejor. Su madre no había sido capaz de encajar la desaparición de su hija Alexia, y su padre, aunque no lo exteriorizaba del mismo modo, tampoco se hallaba en mejores condiciones.
A todo este infortunio se habián añadido la misteriosa desaparición del alcalde y el inminente ascenso de Arlene al poder. Krauss lo sabía, después de tanto tiempo el alcalde sólo podía estar muerto, y aquello había sido un acto perfectamente premeditado, sin ninguna pista que permitiera siquiera avanzar en la investigación. Tan solo uno de esos aristócratas podía ser tan asquerosamente retorcido, y la principal beneficiaria no era otra que la mismísima Arlene Liechenstein. Eso no era casualidad, el jefe guidario lo tenía asumido.
Absorto en sus pensamientos, sus piernas le llevaron hasta la plaza donde se encontraba su destino, delante de él se encontraba una solemne casa que destacaba por encima de todas las demás. Fue entonces cuando se percató de dos personas que acababan de salir de ella y que ahora se dirigían hacia él.
―¡Vaya una coincidencia! ¡El jefe guidario!
―Caprichos del destino.
El primer hombre era el señor Ron, uno de los nobles más ilustres de toda Marlenia y seguramente el más rico de todos. Se acercó rápida y alegremente hacia el guidario para darle la mano. Con la otra, como de costumbre, estiraba finamente su bigote con los dedos una y otra vez. Era un tipo bajito y vestía un traje verde que resaltaba aún más su enorme panza que rebotaba feliz sobre sus pasos.
El otro hombre le siguió y se situó al lado de Ron, pero no hizo siquiera el ademán de darle la mano. Era bastante más alto que su acompañante, puede que incluso más que Krauss. Su peinado era insólito, su cabello puntiagudo y oscuro, sin embargo en los laterales unas canas delataban ya su adelantada mediana edad. Su rostro tan arrogante como siempre. Se trataba de Byron. Su poderío real no era para nada comparado a la del primero, pero sí gozaba de bastante reputación entre el pueblo, y su prestigio como espadachín nunca era puesto en entredicha.
―¿Todavía trabajando? ―preguntó Ron alegremente.
―Así es, de hecho iba a hacerle una visita a la señora Liechenstein ―respondió con una sonrisa.
―A la futura alcaldesa, ¿eh? Bien, bien. ¡Justamente nosotros salíamos de su casa! Supongo que tienen muchos asuntos que tratar.
―De hecho… iba a informarle sobre la situación de su hijo ―aunque era verdad, ése era solamente un pretexto para investigar ―No son buenas nuevas.
Se quedaron callados durante unos instantes, Ron bajó la cabeza mientras seguía peinándose el bigote.
―¡Ay, pobre muchachito! ―se lamentó.
―A estas alturas ya la habrá palmado ―dijo Byron con media sonrisa―. Era un pusilánime al fin y al cabo. La verdad es que como aprendiz era un fracaso…
―¡Byron, por favor, es usted un cínico! ―exclamó el otro horrorizado.
Ron, avergonzado por los comentarios de su compañero, se dio prisa en despedirse. A Krauss le importó muy poco, de hecho incluso agradeció los desafortunados comentarios del maestro que hicieron más breve la intromisión.
Se acercó al majestuoso portal de la casa y llamó a la puerta. Al cabo de un rato se abrió lentamente. El joven esperaba encontrarse con un criado cualquiera, sin embargo frente a él se encontraba la mismísima Arlene. Como de costumbre, tenía su oscuro cabello recogido en un elegante rodete acompañado con un adorno dorado y llevaba un vestido rojo lleno de decoraciones y refinados ornamentos.
―El jefe guidario ―murmuró arqueando una ceja, mientras terminaba de abrir la puerta―. Pase, por favor.
Le condujo desde el recibidor hasta un lujoso salón donde solían recibir los invitados. Una pequeña mesa de diseño presidía la habitación, rodeada por dos sofás de diseño y un majestuoso sillón. Una magnífica librería cubría gran parte de la pared juntamente a diversos cuadros y retratos.
―Siento importunarle a estas horas ―se excusó con tono sereno―. ¿No se encuentra el señor Danz en casa?
―No, no volverá hasta mañana por la mañana, tiene asuntos que atender ―contempló fijamente al guidario que miraba de un lado a otro, inspeccionando cada rincón de la casa―. ¿Quiere que le diga algo a mi esposo? 
―¿Dónde están los criados?
―Los hice retirarse hace un par de semanas por temas administrativos, estoy sola en casa. ―dijo fríamente. Frunció el ceño e insistió nuevamente―. ¿Desea algo? Sino le agradecería que se fuera, es tarde y quisi…
―Quería informarle sobre la búsqueda de los fugitivos ―la interrumpió.
Arlene arqueó de nuevo una sola ceja. El jefe guidario seguía inspeccionando indiscretamente la habitación con la mirada, abstraído, algo que sin lugar a dudas empezaba a irritar a esa mujer.
―¿Y bien?
―Mañana haremos la última expedición, pero nos hallamos sin ninguna pista. No hay rastro de su hijo.
―Una lástima ―contestó con indiferencia.
Su frivolidad llamó la atención de Krauss y la miró fijamente, cara a cara, desafiante.
―Quisiera inspeccionar la casa en busca de algún indicio ―sonrió.
―Usted mismo ―contestó secamente.
Arlene le acompañaba todo el rato mientras registraba la casa entera, rincón a rincón. El joven miraba detalladamente el suelo, el tejado y las paredes, incluso detrás de los muebles, tocaba todos los ornamentos y rebuscaba dentro de los armarios. Pasó por todas las habitaciones, incluso los baños y la cocina. Nadie dijo nada.
Tardaron un buen rato hasta que hubo buscado en toda la primera planta. Krauss se acercó a las escaleras que conducían al segundo piso.
―Ahí arriba están los dormitorios, incluido el de su hijo, ¿no es así? ―empezó a subir sin esperar ninguna respuesta―. Le echaré un vistazo.
Abrió la puerta y observó la habitación. Era un cuarto bastante grande y a pesar de que su ocupante hacía ya bastante que había desaparecido los criados se habían molestado en mantenerlo limpio y ordenado. A primera vista el guidario creyó que encontraría lo mismo que en el resto, nada. No había nada de sospechoso en todo aquello, ni en la pared, ni en el armario, ni en la cama, ni en la ventana, ni en la lámpara, ni en la alfombra. ¡La alfombra! Había unas extrañas marcas negras de suciedad en ella. Krauss se agachó y examinó minuciosamente esas extrañas marcas… polvo. Allí habían arrastrado un mueble y no le costó de identificar cuál, el armario situado junto a la puerta.
―Si me permite ―dijo con un brillo de satisfacción en los ojos, estaba convencido.
Movió el armario a un lado mientras notaba como los ojos de Alrene se clavaban en su espalda.
Una vez hubo apartado el mueble analizó la pared de arriba a bajo mientras la palpaba. Dio unos golpecitos en la pared y entonces lo supo, el sonido del vacío. Habían hecho un trabajo brillante, debían haber pasado una buena capa de pintura para esconderlo pues era ahora imperceptible, pero sabía lo que buscaba y lo acababa de encontrar.
―Hágase a un lado, doña Liechenstein, podría resultar malherida.
Desenvainó lentamente su espada y examinó nuevamente la pared. Fue extremadamente fácil, dos cortes completamente limpios, uno vertical y otro horizontal, bastaron para que aquella falsa pared se viniera abajo mostrando una habitación oculta.
Miró de reojo a la aristócrata, la cual siguió completamente impasible. Krauss se acercó al agujero para ver los secretos que ocultaba aquella cámara. A pesar de que se lo había imaginado desde un primer momento no pudo evitar estremecerse ante aquella repugnante visión. Ante él se yacía el cuerpo del alcalde de Marlenia completamente deformado y descompuesto. Apartó rápidamente la mirada y se dirigió ahora hacia la principal responsable de todo aquello, Arlene. La mujer seguía observando al jefe guidario con indiferencia, sin decir nada.
―Ya está todo dicho, ¿no crees? ―Krauss se dio la vuelta y la señaló con la punta de la espada.― Arlene Liechenstein, quedas arrestada por homici…
―Supe desde un principio que tarde o temprano lo descubrirías ―interrumpió la mujer con serenidad―, pero, sinceramente, no esperaba que movieras ficha tan rápidamente. Te felicito ―concluyó.
―No hay muchos sitios en Marlenia en las que puedas esconder un cadáver sin dejar ni rastro ―miró a izquierda y derecha mientras seguía apuntando a Arlene con su arma―. Y veo que no me equivoqué al pensar que no hay un sitio más seguro para un aristócrata que su propia casa. Eras la principal sospechosa, deberías haber visto venir algo así ―sonrió orgulloso―. Una vez el zorro mete la nariz, pronto encuentra el modo de meter el cuerpo.
―Nunca me importó… ―la mujer levantó la cabeza y lo miró fijamente―. Algo tan fútil.
La hoja de una espada apareció por detrás de Krauss y se situó a escasos milímetros de su cuello. Justo antes de que el chico se percatara una voz resonó en la habitación con petulancia:
―¡Pues muchacho, creo que nosotros hemos metido hasta la cola!
Byron, el maestro de Sho. Fue un combate breve pero intenso. El jefe guidario tuvo suficientes reflejos como para interponer la vaina de su espada entre su cuello y el arma de su contrincante. El aristócrata golpeó con tal fuerza que de haber acertado le habría rebanado la cabeza sin más. En su lugar la funda se partió por la mitad haciéndose trizas.
Krauss saltó hacia atrás y arremetió contra Byron quien bloqueó el ataque. Sus espadas intercambiaron varios golpes, forcejaron, retrocedieron y sus armas volvieron a impactar. La armadura del guidario le restaba velocidad, y eso le daba cierta desventaja frente al noble, que se movía veloz y ferozmente con una amplia sonrisa de diversión en el rostro, era obvio que disfrutaba combatiendo.
Colisionaron una última vez, empujando con todas sus fuerzas para hacerse con la victoria. Dieron varias vueltas sobre sí mismos y finalmente Byron saltó hacia atrás, quedando así delante de Arlene.
―¡No lo haces nada mal, jefe guidario! ―bajó la guardia y envainó su espada―. La verdad es que fue una suerte que nos encontráramos antes, ¡y veo que hice bien en volver tan pronto como pude! ―se jactó.
Krauss respiraba ajetreadamente. Había trabajado duro durante todo el día y estaba claro que el otro espadachín se encontraba en mejores condiciones en aquel momento. Les dedicó una mirada de odio a ambos.
―No sé a qué estás jugando, pero esto lo pagaréis caro, ¡muy caro!
―¿Has terminado de vacilar?
―Deja de bufar ―intervino Arlene―. No nos das ningún miedo, creo que no lo mencioné antes porque llegó mi querido amigo, pero hemos tomado a tus padres como rehenes, nuestros hombres los siguen de incógnito durante todo el día. Si doy la orden, tus padres serán…
―¡Desgraciados! ―se aferró a su espada y se abalanzó sobre la mujer. Sin embargo el maestro se interpuso nuevamente, sus armas chocaron y Krauss volvió a recular, iracundo.
¡Nononono! ¡Un paso más y tu mamaíta la diña, chiquito!
Ambos sonrieron por debajo de la nariz, orgullosos de haber acorralado al jefe guidario. Arlene se avanzó unos cuantos pasos y miró a Krauss altivamente, radiante por su victoria.
―Ahora no eres nada más que un títere en mis manos, fuiste muy ingenuo pensando que conseguirías subyugarme. ¡Márchate de aquí, fuera de mi vista! ―le ordenó―. Tendrás noticias mías muy pronto… como alcaldesa. Y pobre de ti que intentes algo extraño, o ya sabes a qué atenerte.
El joven, colérico, se dirigió lentamente hacia la puerta, mordiéndose la parte inferior del labio ante la impotencia que sentía. Pero antes de que cruzara la habitación Arlene habló nuevamente:
―Y ¡ah! Se me olvidaba, mañana no será la última expedición que hagáis en busca de los fugitivos. ¡Nunca daré por muertos a ese grupo hasta que los encuentre! ―Krauss no se giró, pero la mujer ya no tenía nada más que decirle, por lo que maliciosamente añadió―. Espero que termine de pasar un buen día, jefe guidario.
―¡Recuerdos a la familia! ―se mofó el otro.
Cuando por fin abandonó aquella casa ya era de noche. Empezó a andar hacia su casa, pero no tuvo suficiente valor, se dio la vuelta y se dirigió hacia el cuartel general. Quizá si esa noche le delegaba parte del trabajo más inmediato a Duncan podría, por lo menos, descansar un poco en su despacho. Mañana podría pensarlo con más detenimiento, pero de antemano ya sabía que estaba en un buen aprieto. O lo que era peor, no solo él.